martes, 11 de noviembre de 2008

José Joaquín Fernández de Lizardi y la Educación de las Mujeres

José Joaquín Fernández de Lizardi y la
educación de las mujeres: notas sobre las
heroínas mexicanas


Columba Camelia Galván Gaytán, UNAM. México

En los primeros decenios del siglo XIX José Joaquín Fernández de Lizardi
se ocupó, en su actividad periodística y literaria, de manera especial de la
educación de su tiempo exponiendo sus características y proponiendo
mejoras para convertirla en un elemento que contribuyera al desarrollo y
progreso de la nación. Lizardi escribe en medio de la lucha por la
Independencia, tratando de que sus producciones contribuyan a la
ilustración del pueblo, necesitado de una educación libre de atavismos y
supersticiones; una educación basada en la razón, necesaria para crear
una nación independiente. Sumándose a los pensadores ilustrados que
pusieron en la educación la base para un nuevo orden social en el que la
felicidad del hombre y de la sociedad era el objetivo, Lizardi también
señala la necesidad de la cooperación femenina para alcanzarlo.

El progreso y la prosperidad de la nación requería de una
transformación de los valores: la razón y el conocimiento debían sustituir
a la superstición; hábitos de trabajo, ahorro e iniciativa debían suplantar
al ocio aristocrático; el interés cívico debía vencer a la indiferencia. La
formación de estas nuevas ideas debía hacerse en los niños desde sus
primeros años, y aquí el papel de la madre adquirió una importancia
cada vez más exaltada
. Las mujeres sólo podrían cumplir con su
responsabilidad siendo ilustradas. Era necesario educarlas para ser madres
responsables, esposas ahorrativas y compañeras útiles para los hombres.

En esta vía educativa, Lizardi trata con gran interés la formación e
instrucción de las mujeres. Le resultaba de particular importancia que
recibieran una educación que les permitiera desempeñar adecuadamente
su papel de esposa y madre en beneficio de la familia y de la sociedad.

Señala también Lizardi la necesidad de que aprendieran debidamente las
habilidades domésticas e incluso un oficio (que no implicara grandes
esfuerzos físicos, como el de relojero o sastre).

En su novela La Quijotita y su prima (1818), El Pensador Mexicano se
ocupa de la educación de las mujeres de su tiempo y pretende combatir
los errores y preocupaciones más comunes de la misma. Nuestro autor
expone aquí su concepto cristiano de la mujer, a saber, forma parte del
género humano redimido por Jesucristo. Comparte con los hombres el
pecado original; pero ambos son regenerables por el ejercicio de la razón
debidamente encauzada.

Si se acepta que la mujer es un ser de razón, entonces debe recibir una
educación y un trato adecuado a ello. El hombre será el encargado de
proporcionarlos; bajo su autoridad, hermanas, esposas e hijas aprenderán
nuevas ideas y conductas.

No obstante que Lizardi mantiene la supremacía masculina sobre las
mujeres, su reconocimiento de la igualdad de capacidades 'espirituales'
abre la posibilidad de independencia femenina al hacer uso de la razón,
y con ella, de la capacidad de análisis y crítica de ideas y situaciones
específicas.2

Si en La Quijotita Lizardi establece como límite de acción de las mujeres
el hogar; atento como estaba a su entorno social, no deja de reconocer la
presencia femenina en un ámbito tan alejado de lo doméstico como es el
campo de batalla insurgente. La participación de algunas mujeres en esta
lucha es rescatada por Lizardi en un Calendario para el año de 1825
dedicado a las señoritas, especialmente a las patriotas por el Pensador
Mexicano.
En la dedicatoria de este Calendario Lizardi señala nuevamente que la
educación de las mujeres está a cargo de los hombres, y que si aquéllas
cometen errores es porque los hombres las han inspirado, pues en el sexo
femenino 'se halla / lo sabio, lo discreto / lo valiente, lo heroico, / lo
sagaz y halagüeño.' Claro ejemplo de ello se tiene en numerosas mujeres
'del mexicano suelo' que en la guerra de independencia 'fieles se
mantuvieron / a la santa causa / que defendió algún pueblo. / ¿Y sólo
fieles?, no, / heroicas en extremo, / como lo saben todos / los que las
conocieron, / o tuvieron noticia / de sus famosos hechos'.

Cinco son las mujeres de las que Lizardi nos da noticia: María Josefa
Huerta Escalante, Leona Vicario, Mariana Rodríguez de Lazarín, María
Fermina Rivera y Manuela Herrera. De las cuatro últimas presenta igual
número de láminas que ilustran el Calendario, junto con una de Manuel
Villalongín.

La primera 'patriota' de este sumario fue víctima del jefe realista
Torcuato Trujillo, quien al no poder prender al insurgente Manuel
Villalongín apresó a su esposa María Josefa, sentenciándola a muerte;
pena que le fue conmutada por ocho años de reclusión en el convento de
Magdalena, Puebla, lugar de donde fue rescatada por Villalongín.

Leona Vicario, la segunda patriota referida, ocupa la nota histórica
más extensa del Calendario, de ella Lizardi dice: 'nació amante de la
libertad de su patria'. Señala que desde la prisión del virrey Iturrigaray
(1808), Leona Vicario comenzó a preparar el espíritu público a favor de
la independencia, y, luego del grito de Dolores, 'soltó las velas a su
patriotismo'.

Mariana Rodríguez de Lazarín 'debió a la naturaleza un talento
despejado para conocer los derechos de su patria, y una fibra bastante
delicada para sentir su usurpación'. Al lado de su esposo, Manuel Lazarín,
participó de una conspiración contra el gobierno después de la aprehensión de Hidalgo. Descubiertos, fueron presos e incomunicados.

Mariana se confesó culpable sólo después de que todos los hombres lo
hicieron; 'viendo que todo se había perdido y nada avanzaba con su
secreto dijo: pues los señores o los nenes no han tenido carácter, es inútil
que guarde más silencio'.

María Fermina Rivera, esposa de José María Rivera, coronel en las
tropas de Vicente Guerrero, fue compañera de armas de los insurgentes,
con ellos padeció climas ingratos, pasó hambres y atravesó caminos
fragosos. En ocasiones - dice Lizardi - cuando alguno de los combatientes
moría, ella tomaba el fusil y 'sostenía el fuego al lado de su marido con
el mismo denuedo y bizarría de un soldado veterano'.

'La benemérita ciudadana' Manuela Herrera cierra la quinteta de
patriotas reseñadas por Lizardi. Ella, junto con su hermano Mariano se
unieron a Francisco Javier Mina, y con él fueron sorprendidos y apresados
por el ejército realista. Manuela 'sufrió mil insultos de una soldadesca
vengativa, hasta desnudarla, amarrarla y hacerla caminar a pie cerca de
dos leguas'. Nos sorprende Lizardi al señalar que Manuela Herrera era
ya en su tiempo 'elogiada en papeles públicos de Londres y de los Estados
Unidos' cuando en México apenas si se tenían noticias sobre ella.

Apunta Lizardi que este grupo de 'señoras patriotas' es solo una muestra
de las que pueden citarse, pues no deben olvidarse, por ejemplo, la
corregidora Josefa Ortiz de Domínguez, Ana María García, María Petra
Teruel de Velasco y las señoras González. Un común denominador en
estas heroínas de la patria era su pertenencia al grupo con recursos
económicos, mismos que pusieron al servicio de la causa insurgente, como
Leona Vicario y Manuela Herrera.

Leona Vicario ocupa un sitio relevante en la participación de las mujeres
en la lucha por la independencia. Sus contemporáneos ya la reconocían.

El mismo Lizardi dice haber tenido la satisfacción de hacerlo en público:
con aquel disimulo que dictaba la prudencia y el temor a nuestros
enemigos. Sí, yo elogiando por las prensas a una dama griega llamada
también Leona, hice la apología de la nuestra, lo que todos entendieron,
aunque el gobierno estaba imposibilitado de reconvenirme según la
ley. El amor de la patria (son mis palabras en el tomo III de mi periódico
titulado El Pensador Mexicano, impreso en el año de [1]814), el amor
de la patria ha llenado de valor al sexo débil, y las flacas mujeres han
hecho prodigios extraordinarios. Una dama ateniense llamada Leona
sufrió constantemente los tormentos que la mandó dar el tirano Hippias,
sin conseguir éste que aquella heroína descubriese a los codefensores de
su patria. Esto es, a los que conspiraban contra el tirano. El tiempo en
que escribí esto, ser yo el autor, cuyas ideas bien conocía el gobierno,
y las circunstancias tan idénticas entre la Leona ateniense y la mexicana,
no dejaron duda en que mis elogios se dirigían a la constancia de ésta.

La participación femenina en la lucha por la Independencia es para
Lizardi un acto para admirarse y alabarse, por el beneficio que acarrea a
la nación, pero no debe ser ejemplo a imitarse, ya que era preferible que
la mujer se mantuviese subordinada al hombre, cumpliendo su papel de
esposa y madre.

Como él mismo señala, en 1814 puso de relieve las acciones de las
mujeres fuera de la esfera doméstica; a fines de 1818, tres años después
de la publicación de La Quijotita, apareció el folleto Cincuenta preguntas
de El Pensador a quien quiera responderlas, donde en 7 preguntas - de la
43 a la 49 - trata el tema de la participación de las mujeres en política.


Dice que como ciudadanas tienen derecho a ir como diputadas a Cortes,
pues si no son ciudadanas, 'están de peor condición que los originarios
de África, declarados ciudadanos en el imperio como cualquier hijo de
vecino.'4

En Anita la tamalera ha dado en ser diputada y en Respuesta de El
Pensador a Anita la tamalera, ambos folletos de 1826, Lizardi continúa
el tema de la mujer en la política y, fiel a su idea del papel de la mujer en
la sociedad, aconseja a su interlocutora desista de su idea de ser diputada,
que su talento ha de usarlo en beneficio de su familia. En la Respuesta a
Anita dice:
en nuestra misma patria, en la revolución pasada hemos tenido mujeres
heroínas que han prestado servicios distinguidos de valor y desinterés.

Esto prueba que las mujeres, por serlo, nunca desmerecen los más
altos puestos de la república, pues que las ha habido tan útiles como
los hombres para las artes y las ciencias, para los tribunales y las
cátedras, y para las campañas y los tronos. Hasta aquí dirás que trabajo
a tu favor, y es verdad; pero no lo es menos que no son convenientes
las mujeres, en lo general, para desempeñar las magistraturas y otros
cargos propios de los hombres. En primer lugar, porque no tienen,
por lo regular, ni el talento ni la educación necesarias; en segundo,
porque son destinadas por la naturaleza para la alta dignidad de
madres; y es más útil una mujer desempeñando aquel título, y
cuidando a sus hijos y marido, que ocupándose en otros ejercicios.5

En el citado Calendario de 1825, nuestro autor escribe unos versos
para cada mes en los que priva el consejo de que las mujeres han de ser
buenas esposas y madres, esto último sobre todo para que enseñen a sus
hijos a defender a la patria. 'Inspírale a tu prole / el patriotismo / que el
que no ama su patria / es un indigno./ Libres nacisteis / dile siempre a tus
hijos, / pues morid libres.'

Resulta evidente la contradicción de El Pensador Mexicano al reconocer,
por un lado, el derecho de las mujeres a la educación y la ejemplar
participación en la lucha independentista, y recomendar, por otro, que
se mantuviesen en su papel pasivo y dominado. Pero, recordemos que la
defensa de la patria, la creación de una nueva nación fue para Lizardi
tarea insoslayable, por ello admiró y rescató, entre los primeros, la
presencia femenina en la guerra de Independencia.

Leona Vicario conminará a Lucas Alamán al reconocimiento que Lizardi
ya había externado. En una carta publicada en El Federalista del 2 de
abril de 1832 dice:

Confiese usted, señor Alamán, que no sólo el amor es el móvil de las
acciones de las mugeres: que ellas son capaces de todos los entusiasmos
y que los deseos de la gloria y de la libertad de la patria, no les son
unos sentimientos extraños; antes bien suelen obrar en ellas con más
vigor, como que siempre los sacrificios de las mugeres sea el que fuere
el objeto o causa por quien las hacen, son más desinteresados, y parece
que no buscan más recompensa de ellos, que la de que sean aceptados.6
NOTAS
1 María del Carmen Ruiz Castañeda, introducción a José Joaquín Fernández
de Lizardi, La Quijotita y su prima, 5a ed (México: Porrúa, 1990; Sepan
Cuantos, 71), p. xi.
2 Nancy Vogeley, 'La Quijotita y su prima: la mujer como sujeto colonial',
ponencia presentada en el VII Simposium Internacional de Campos
Semióticos: Homenaje a la lengua escrita castellana (Jalapa, México,
1992).
' Publicado en José Joaquín Fernández de Lizardi, Obras XIII, recopilación,
edición y notas de María Rosa Palazón Mayoral e Irma Isabel Fernández
Arias, prólogo de la primera (México: UNAM, 1995). Todas las referencias
sobre las heroínas proceden de este Calendario.
4 José Joaquín Fernández de Lizardi, Obras XI. Folletos (1821-1822),
edición, notas y presentación de Irma Isabel Fernández Arias (México:
UNAM, 1991), p. 348.
5 Ambos folletos aparecen en Obras XIII, citada en la nota 3.
6 C. A. Echánove Trujillo, Leona Vicario. La mujer fuerte de la
Independencia (México: Ediciones Xóchitl, 1945; Vidas Mexicanas).

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