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martes, 19 de octubre de 2010

La guerra de los insultos. Javier Sicilia

Javier Sicilia


Para Tomás Calvillo

MÉXICO, D.F., 18 de octubre.- Para las lenguas antiguas –pienso en el sánscrito, en el hebreo o en el griego–, las palabras son sagradas. No sólo nombran las cosas, sino que hacen que las cosas sean, es decir, poseen un dinamismo y una fuerza vital que permite que su contenido se realice. Sólo existe lo que se nombra. La rosa, por ejemplo, sólo aparece en el mundo porque pronunciamos su nombre, porque le damos con él una existencia activa y un contenido. De lo contrario sólo sería algo sin significado, una realidad incognoscible, sumida en la oscura pasividad de su ser.

A pesar de que esa percepción ha desaparecido de nuestros conceptos lingüísticos, las palabras siguen teniendo ese peso. Ellas –lo sabemos aún los poetas y algunos filósofos y psicoanalistas– pueden liberar de la oscuridad y del laberinto interior el sentido, pueden poner fin a la soledad, establecer una unión de amor y cambiar el rumbo de una vida. Pueden también hacer lo contrario: humillar, destruir la vida de alguien y desatar una guerra. Las palabras, cosidas al pensamiento y al ser, se desprenden de la persona que las pronuncia para asumir una existencia independiente. 

El libro de los Proverbios lo dice con el delicado sabor de la sentencia: "La vida y la muerte está en poder de la lengua, del uso que de ella haga tal será el fruto". Con no menos delicadeza, Platón lo repite en otro contexto y otra cultura: "Entiéndelo bien, mi querido Critón, la incorrección en la lengua no es sólo una falta contra la lengua misma, hace también mal a las almas".

Por desgracia, esta realidad de la lengua que ya no se enseña, ha llegado en México a grados de perversión tales que se ha convertido en una especie de babel a través de la cual no sólo puede decirse cualquier cosa sin responsabilidad alguna, sino que en el espacio público se ha degradado, como si no sucediera nada, al insulto, a la difamación, a la amenaza y a la banalidad. 

El uso irresponsable de la lengua en nuestros políticos y en los medios de comunicación, está destruyendo la pequeña franja política que, en medio de la guerra y del Estado fallido en el que nos encontramos, aún nos queda. 

Desde que Calderón, y quienes estaban decididos a destruir el ascenso político de López Obrador, tomaron la determinación de difundir por todos los medios a su alcance que era "un peligro para México", la consecuencia fue, primero, la fracturación de la ciudadanía entre los que aceptaron creerlo y los que, con justicia, negándose a creerlo lo defendieron; después, la guerra contra el crimen organizado, el hundimiento del Estado y la violencia en la que estamos inmersos. Unas simples palabras de desprecio y de odio hicieron posible que el desprecio y el odio se instalaran en el país.

Hoy, cuando Felipe Calderón vuelve a decirlo, está empujando lo que queda de la vida política del país al terreno de una violencia sin retorno. Lo mismo puede decirse que hace López Obrador cuando continúa llamando a Calderón "espurio" y "pelele" o cuando el lenguaje del insulto entre diputados, senadores, comunicadores y prelados recorre el espacio público. Decir hoy que López Obrador es "un peligro" para el país y que sus seguidores son una "feligresía del odio"; gritar que Calderón es un "pelele", vociferar "que el Estado laico es una jalada" es darle carta de ciudadanía a la violencia y al caos, es permitir que el lenguaje de la criminalidad y de la negación de lo humano se instale para siempre en la mesa de la política y de la vida pública, es aceptar que sólo podemos dirimir nuestra existencia como ciudadanos a través de esa palabra con la que el español de México define su barbarie: los chingadazos, es destruir en la conciencia de la ciudadanía lo poco que queda de dignidad en las figuras que la representan y cuya presencia debe ser la propuesta, el debate y la controversia, es decir, el diálogo y la presencia de la palabra como contenedora de sentido y de bien, de crítica y de verdad. Insultar, lejos de humanizarnos y de rehacer la realidad, la oscurecen, destruye el sentido, "daña –como señalaba Platón– las almas" y, trae, como lo muestra el libro de los Proverbios  y la realidad en la que vivimos, frutos de muerte.

Quienes aún amamos este país, quienes aún tenemos un sentido del peso de las palabras, no podemos permitirlo. No se trata de hablar con un lenguaje light ni de utilizar la hipocresía del eufemismo –tan en boga en lo que se ha dado en llamar "lo políticamente correcto" de las democracias–, sino de negarse al insulto para, dados los problemas que nos rodean, entrar en el debate de contenidos, un debate duro, pero inteligente, crítico y a la vez propositivo. Si aceptamos que nuestros políticos continúen utilizando el lenguaje de la violencia y la descalificación, y nos contaminamos de él no contribuiremos en nada a los contenidos de verdad y de sentido que perdimos y que nos tienen en la irritación. En tiempos de violencia no necesitamos palabras nuevas, sino una relación grave y respetuosa con la lengua, es decir, recordar que las palabras pesan y se concretan en lo real, que del uso que de ellas hacemos tal es el fruto, y que únicamente el corazón dicta los verdaderos sentidos con el respeto y la firmeza que el amor produce, esos sentidos que pueden devolverle al país su voz profunda.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos, derruir el Costco-CM del Casino de la Selva, esclarecer los crímenes de las asesinadas de Juárez, sacar a la Minera San Xavier del Cerro de San Pedro, liberar todos los presos de la APPO y hacerle juicio político a Ulises Ruiz.

 Irá AMLO a comparecer al IFE por queja del PAN
Redacción/SDP | 18 de Octubre, 2010 - 20:01


Debido a una denuncia presentada por el PAN ante el IFE por supuestos actos adelantados de campaña y supuestos "daños a la imagen de Felipe Calderón Hinojosa", Andrés Manuel López Obrador acudirá este miércoles al IFE.
 
 


domingo, 12 de abril de 2009

El encierro del espacio público

JAVIER SICILIA
El neoliberalismo no gusta de los pobres. Sufre por su existencia y quisiera desaparecerlos incorporándolos al mercado y sus consumos. Sin embargo, lejos de ello, los persigue y miserabiliza día con día. Su afán por enseñarles los goces y las maneras de hacer del desarrollo los ha despojado de su sabiduría ancestral, de sus tierras, de sus lugares, de sus formas de vivir y de fabricar, para lanzarlos a periferias inhóspitas cuyo rostro es el desempleo.
Los pobres, sin embargo, aprenden a sobrevivir ahí. Su inventiva es inmensa. Aun en las planchas asfaltadas de las ciudades ocupan los espacios públicos, venden mercancías, fabrican viviendas y diablitos, se levantan en movilizaciones sociales, escapan a la mano de hierro de un mercado que quiere someterlos a una esclavitud modernizada.
Los centros de las ciudades son un hermoso microcosmos de esa creatividad. Ahí confluyen los pobres para vender sus mercancías, levantar un puesto de tacos, traer sus artesanías o, si la ciudad y su conurbación, como en el DF, los ha despojado de la subsistencia de la producción alimentaria, levantan puestos de fayuca, de piratería; en síntesis, reciclan y ofertan lo que el Mercado reglamenta para enriquecer a unos cuantos. Nada, para ellos, es un dique a su sobrevivencia. De ahí que frente a la crisis que el espejismo del desarrollo ha generado, el país siga su marcha. Mientras los ricos tiemblan y las clases medias, que creyeron en el sueño, se empobrecen, los pobres se reinventan para escapar de la miseria.
Al Estado no le gusta. Protector del Mercado y ciego a la potencia creativa de los pobres, continúa persiguiéndolos. Si no puede darles lo que les prometió, tampoco quiere que habiten lo que aún les corresponde: los espacios públicos. Semejante a lo que en Inglaterra fue el cercado de los campos, el Estado mexicano intenta someterlos a la reglamentación en la que no podrían sobrevivir y, si escapan a ella, echarlos, arrinconarlos en guetos; borrarlos de la mirada de los otros, de los que están en regla o quieren pasearse por el espacio público sin ser interpelados por su fealdad.
Esta realidad se hace día con día más evidente entre los gobiernos administrados por el PAN. En Cuernavaca, traspatio y putero de la burguesía del DF, así como un microcosmos de lo que sucede en el país, la remodelación del centro histórico ha de­sembocado en una persecución de los pobres. El decorado de sus fachadas y el cierre de sus calles para generar un espacio peatonal coinciden con la persecución del llamado ambulantaje y de los indios que llegan ahí a vender sus artesanías.
Para los neoliberales del panismo, la reconquista del espacio público, del que han logrado echar a los coches, significa también, curiosa paradoja, la destrucción de la vida pública. Ahí, entre un decorado de fachadas –por dentro muchos de los espacios públicos, como el del Centro Cultural Universitario, donde los hijos de los pobres se forman en artes, están a punto de desmoronarse– y de calles que simulan el pasado, sólo hay lugar para el comercio regulado y los peatones. Los pobres ya no tienen cabida en él. El centro, ese sitio único y abierto, en el que los pobres tejen redes comerciales, ese lugar impregnado de relaciones concretas y vivientes, se está convirtiendo en una zona de turismo controlado.
Desde la promulgación del acuerdo número 4498, en el que el Cabildo de Cuernavaca acordó que "se regularía el comercio en el primer cuadro de la ciudad", el hostigamiento y despojo de las mujeres y niñas indígenas de Morelos, Guerrero y el Estado de México que llegan ahí a vender sus artesanías se ha incrementado de manera atroz. Policías e inspectores de licencias y reglamentos se han dado a la tarea de maltratar física y verbalmente a esas mujeres a quienes les quitan sus mercancías sin darles actas de retención. El propio secretario de Desarrollo del Ayuntamiento declaró públicamente algo que muestra la estrechez de nuestros gobernantes: no se puede permitir el comercio de las mujeres indígenas porque "afean el paisaje".
El mundo con el que sueñan nuestros neoliberales es el de un pueblo Potemkin y no uno real y concreto hecho de pobres creativos y solidarios. A los pobres que no pueden controlar ni mucho menos enchufar al desarrollo, les cierran día con día las salidas. Creen que borrándolos del paisaje, encerrándolos fuera del espacio público, desaparecen. No se dan cuenta de que, al hacerlo, la pobreza que quieren borrar se convierte en miseria, que entre más riqueza quieren ostentar más destruyen las relaciones de mutualidad que son naturales entre los pobres históricos y la base de sus redes de subsistencia.
Cuando el Titanic se hundía, el capitán Smith mandó encerrar a los pobres de la tercera clase porque sólo había botes para salvar a mil de los 2 mil 201 pasajeros. Cuando el Carpathia llegó a recoger a los sobrevivientes sólo halló a 705. Si Smith no los hubiera encerrado, quizá con las cuerdas, las latas, los bidones de agua y un sinnúmero de cosas que para los ricos eran sólo objetos inútiles, muchos de esos pobres habrían sobrevivido. El mundo del desarrollo que ha entrado en crisis y que quiere encerrar a los pobres se parece a un enorme Titanic que no aprendió la lección.
Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos, derruir el Costco-CM del Casino de la Selva, esclarecer los crímenes de las asesinadas de Juárez, sacar a la Minera San Xavier del Cerro de San Pedro, liberar a los presos de Atenco y de la APPO, y hacer que Ulises Ruiz salga de Oaxaca.