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jueves, 30 de septiembre de 2010

Lucha ideológica en USA



 


 










El mundo  |  Martes, 7 de septiembre de 2010
Opinión

Una lucha ideológica

Por David Brooks *

Según la "derecha", Estados Unidos está bajo la amenaza de volverse "socialista" (de hecho algunos afirman que ya ocurrió con la llegada del "socialista" Barack Obama a la Casa Blanca). Para los "progresistas", el país enfrenta una grave amenaza derechista, incluso con tintes fascistas.

 

La gran pugna ideológica en Estados Unidos no es nada fácil de entender. Mayorías reprueban el duopolio político y opinan que los políticos en Washington no representan los intereses del pueblo. Una mayoría cree que el país continúa avanzando en dirección equivocada. El fenómeno de la elección de Obama interrumpió este escepticismo y enajenación en las instituciones formales de la política durante un tiempo, pero sondeos y estudios recientes registran el retorno de un cada vez mayor desencanto.
 
Pero para izquierdistas del mundo que piensan que Estados Unidos es un país sin remedio por su sociedad tan conservadora hay elementos para nutrir el optimismo en el futuro. Un 43 por ciento de los estadounidenses menores de 30 años tienen una impresión positiva del término "socialismo" y casi 50 por ciento tienen una percepción negativa del "capitalismo", registró una encuesta del Centro de Investigación Pew. Eso sí, los mayores de 65 años abrumadoramente tienen una percepción negativa del "socialismo" (73 por ciento). Pero los afroestadounidenses reaccionan positivamente al término "socialismo" en un margen de dos a uno frente a los blancos. Además, los estadounidenses que tienen menos educación formal tienen una mejor percepción del socialismo que los que cuentan con educación universitaria (¿será en función de mayor educación, o más propaganda?). Por otro lado, la reacción positiva al socialismo, y a la inversa, negativa al capitalismo, depende del nivel del ingreso, con los de menores ingresos más positivos y los más ricos mucho más negativos (obvio).
 
Pero para confundir la cosa, 43 por ciento de los menores de 30 años también tienen una percepción positiva del término "capitalismo": el mismo porcentaje que los que ven positivamente al socialismo. Entre todos los grupos, no hay una correlación en las opiniones sobre el socialismo y el capitalismo, señalan los encuestadores, un poco sorprendidos. Peor aún: "la mayoría de los que tienen una reacción positiva al 'socialismo' también tienen una reacción positiva al 'capitalismo'", reportó el Pew.
 
O sea, ¿quién sabe? Tal vez es un indicador de qué tan grave es la confusión en la sociedad estadounidense y explica un poco cuestiones como por qué trabajadores y gente marginada votan y se suman a movimientos contrarios a sus intereses.
 
Por ejemplo, el movimiento derechista Tea Party está compuesto en gran medida por trabajadores blancos aglutinados por la ira y el resentimiento generalizado nutrido por la crisis económica, pero también por la sensación de que la clase política los ha abandonado. Ese es el mensaje de figuras como Glen Beck, locutor de uno de los programas de charlas y noticias más influyentes de Fox News, quien logró convocar a lo que él dice fueron cientos de miles a una manifestación frente al Monumento a Lincoln en Washington, justo en el 47° aniversario del discurso histórico "Tengo un sueño", del líder del movimiento de derechos civiles Martin Luther King, y en el mismo lugar, Beck y Sarah Palin (ex candidata a vicepresidente y figura heroica para este movimiento) intentaron caracterizar este nuevo "movimiento" como una nueva versión de lo que encabezó King ("los negros no son dueños de King", dijo él) con la demanda ante los políticos de tomar en cuenta este resentimiento y "restaurar el honor" a Estados Unidos y sus habitantes.
 
La ola antiinmigrante combinada con la ola antimusulmana, también impulsada por estas fuerzas derechistas, ha logrado anular los hechos en función de la lucha ideológica. O sea, no importa que en los hechos tanto el flujo como la presencia de inmigrantes indocumentados se haya desplomado en los últimos dos años, ni que nuevos informes, como uno del Banco de la Reserva Federal en San Francisco, concluya que los inmigrantes, en lugar de deprimir niveles salariales o quitar empleos a ciudadanos, han elevado entre 5 y 7 por ciento los salarios y han generado más empleo. El mensaje sigue siendo lo opuesto: el país está bajo invasión de inmigrantes, y peor, musulmanes, que amenazan el carácter, la identidad y la fe de este país.
 
La islamofobia promovida por Fox News, entre otros, llegó a tal punto que sólo un cómico se atrevió a desenmascararla. El genial Jon Stewart, locutor del noticiero ficticio The Daily Show, demostró a qué nivel ha llegado esta locura. Mostrando un clip de un noticiero de Fox News donde se anunciaba que habían descubierto que uno de quienes financiaban la construcción de un centro islámico cerca de la Zona Cero en Nueva York era el mismo que había financiado movimientos musulmanes vinculados con el "terrorismo", y que era un príncipe miembro de la familia real de Arabia Saudita, Stewart revela que ese mismo tipo es un accionista importante de... Fox News.
 
Stewart explica que cada vez que un televidente como él sintoniza Fox News está ayudando a generar más ganancias para Fox, y que eso beneficia directamente a sus accionistas, como el saudita, quien, según Fox, después usa su fortuna para financiar una mezquita como parte del complot musulmán contra Estados Unidos. Por todo esto, concluye Stewart, la mejor manera de enfrentar la amenaza "terrorista" es obvia: dejar de ver Fox News.
 
Mientras tanto, las mismas fuerzas progresistas acusadas por la derecha de poner en jaque el futuro del país al ayudar a elegir un presidente "socialista" y posiblemente musulmán cada vez critican más a ese gobierno "socialista" por trabajar a favor de los capitalistas, denunciando que las políticas de Obama benefician a los ricos de Wall Street y dan continuidad a la política bélica de los republicanos.
Ruge una intensa batalla ideológica disputando el destino del país, pero cada vez es más difícil entender de qué se trata. Tal vez no es de izquierda ni de derecha, sino todo lo contrario.
 

De La Jornada de México. Especial para Página/12.

 

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viernes, 12 de diciembre de 2008

"Los Estados Unidos parecen destinados por la providencia a plagar la América de miserias en nombre de la libertad".
Simón Bolívar.

domingo, 7 de diciembre de 2008

Estados Unidos: racismo e ideología imperial***


Rafael Rodríguez Cruz/Especial para En Rojo

Horda es y no nación aquel pueblo que no
halle su principal prosperidad y contento mejor
en las cosas del espíritu.
José Martí

Mi hermana Teresa tendría algunos seis años de edad cuando sufrió su primera experiencia con la violencia racial en Estados Unidos. La década de los cincuenta del siglo XX llegaba a su fin, y mi familia, por una locura absoluta del destino, vivía en Carolina del Sur en la época de la segregación racial. Aunque la base militar de Estados Unidos a la cual había sido asignado mi padre no exhibía formalmente todas y cada una de las restricciones raciales imperantes en el sur estadounidense, la vida social, incluso la de los niños y niñas, estaba dominada por la ideología discriminatoria. A mi hermana, que es de tez oscura, se le ocurrió un día ir a un parque de recreo cercano a la escuelita elemental de la base y un grupo de niños blancos la amenazó con entrarle a golpes si no se marchaba. Fue así que mi madre, una guayamesa hija de un negro de Cimarrona y de una blanca del Pueblito del Carmen, eliminó de nuestra rutina infantil, por cuestiones de seguridad, las visitas a los parques de Columbia, Carolina del Sur. Las historias de personas minoritarias hostigadas en los sitios públicos eran tema de sobremesa. Pocos años después, mi familia afortunadamente regresó a Guayama, Puerto Rico. Mi hermana me recordó el asunto hará algunas dos semanas.

A partir de la elección de Barack Obama a la presidencia de Estados Unidos, se ha generado un debate muy intenso en torno al tema del racismo en ese país. El diario Wall Street Journal, por ejemplo, proclamó enseguida el fin de la opresión racial en la sociedad estadounidense. En una entrevista con Jon Stewart, el ahora cronista de televisión Tom Brokaw señaló que la elección de una persona de ascendencia africana a la presidencia de una gran nación sólo era concebible en ese país del norte y no en ningún otro, como si esto no hubiera ocurrido ya en distintos lugares del planeta. Muchos analistas de izquierda, sin embargo, preocupados con la superficialidad con que los medios de comunicación comerciales tratan el tema, han hecho un llamado a atemperar cualquier celebración del supuesto fin del racismo en la política estadounidense [Ver: Shahid, Alam, M. Obama and the Politics of Race and Religion. Counterpunch. 20/11/08]. Dado que el tema del racismo en Estados Unidos ha tocado de forma cercana a mi familia, me parece apropiado darle una atención especial. Dos interrogantes sobresalen en la controversia: ¿Representa la elección de Obama el fin del racismo en la política estadounidense? ¿Es posible superar el racismo en ese país sin romper con la ideología de prepotencia imperial?

La respuesta a la primera pregunta es parcialmente afirmativa. No hay que detenerse mucho en lo obvio: la elección de un presidente de ascendencia negra en Estados Unidos no es poca cosa. (Cabe señalar, de paso, que tampoco sería poca cosa la elección de un gobernador afropuertorriqueño en nuestra isla.). Pero, como señala David Roediger, autor de How Race Survived U.S. History, el vencimiento del racismo en Estados Unidos requeriría, además de una profunda revolución cultural, de medidas directas y específicas para eliminar las desigualdades raciales. Propuestas de este tipo estuvieron ausentes no sólo del programa del Partido Demócrata, sino de la campaña de Obama. Siendo justos, hay que admitir que el mensaje de aceptación de su derrota, pronunciado por McCain, trató el tema de la desigualdad racial en Estados Unidos con más pudor que el discurso de Obama. En ese país, que se alardea hoy exageradamente de la elección de un negro a la presidencia, el ingreso promedio de una familia blanca es 9 veces mayor que el de una familia negra. Tres de cada diez niños negros y latinos viven en condiciones de pobreza extrema. Si Obama hubiese postulado la crítica de estas injusticias como contenido central de su discurso, nunca habría llegado a la presidencia.

La respuesta a la segunda pregunta, relativa a la superación de la ideología de cultura imperial, es absolutamente negativa. Mucho se habla de que, para superar la crisis actual, Obama debe retomar los principios de una época pasada del capitalismo estadounidense en que no dominaba, como hoy, el sector militar-industrial, sino una economía civil. Su programa sería el de un Nuevo Trato renovado, orientado a un capitalismo moderno y ajustado a las necesidades de la población [Ver: Jones William P. A New New Deal. Revista The Nation, 14 de noviembre de 2008]. Hay quienes sugieren, incluso, que Obama debe impulsar una burbuja especulativa que tenga como fundamento la expansión de capitales ligados a la protección del ambiente y la creación de nuevos empleos en el área de la tecnología de energía limpia. Eso supuestamente desvincularía al capitalismo estadounidense de la necesidad de exportar capitales para la producción de materias primas baratas. Se acabarían así el imperialismo y las guerras. Sólo sobrevivirían los aspectos positivos de una especulación capitalista, ahora supuestamente ambientalista y socialmente progresista.

La persona que tenga dudas al respecto de la imposibilidad de repetir una etapa “no- imperialista” del capitalismo, haría bien en revisar la crítica que Lenin hiciera de las teorías de Kautsky acerca de las tareas de los socialistas frente a las aventuras militaristas de los poderes imperiales en 1914. La creencia de Kautsky en torno a la posibilidad de reformar el capitalismo de principios del siglo XX o sea, de que la historia podía dar marcha atrás para escapar a la intensificación de las contradicciones inherentes al modo de producción capitalista fue la base teórica fundamental que llevó a que la socialdemocracia europea apoyara los esfuerzos militares imperialistas de sus respectivos países. El resultado fue la muerte de diez millones de combatientes y diez millones de civiles en una de las carnicerías más terribles de la historia de la humanidad. Por eso, la cuestión relativa a si es posible reformar al capitalismo moderno en un sistema sin guerras imperiales es, como dijera Lenin, la pregunta clave de la crítica revolucionaria del imperialismo. La verdad es que para reestructurar los patrones de acumulación del capital en Estados Unidos, o sea para superar la crisis, Obama tendrá que favorecer lo mismo que han promovido otros tantos presidentes antes que él, incluso Bush: una mayor y más agresiva intrusión en los países en desarrollo y un saqueo más rapaz y descarado de los recursos humanos y naturales de otro pueblos, incluyendo, por supuesto a África.

Por otro lado, es importante rechazar toda visión estrecha del racismo en Estados Unidos, como si fuera algo que no rebasa los límites de su territorio. La ideología racista en ese país, como en todo imperio, nació orgánicamente vinculada a sus aspiraciones de prepotencia mundial. La cultura racista y la ideología imperial son hermanas de padre y madre: nacieron del mismo tronco y llevan en sus venas la misma sangre. En el corazón mismo de la falsa ideología de Estados Unidos como una nación alegadamente superior a otras naciones, está la creencia en la superioridad de la raza anglosajona sobre las minorías raciales. Ningún caso ilustra esto mejor que la experiencia colonial de Puerto Rico, a pesar de los empeños de los sectores anexionistas de la Isla en presentarse depurados de nuestros rasgos culturales y raciales. En la articulación específica del coloniaje en nuestro país, señaló Albizu Campos, jugó y juega todavía un papel importantísimo la cuestión racial. La metodología de dominación cultural en Puerto Rico no es distinta a la que el imperialismo impulsa en otros lugares del Tercer Mundo a través de sus misioneros fundamentalistas y la degradación de los valores comunitarios no comerciales.

Llegado a un punto, cuando la sobrevivencia del imperio esté en entredicho, Obama se verá obligado a considerar muchas medidas imperiales que resultarán, por la lógica del sistema, en una mayor opresión y sufrimiento para los pueblos pobres del planeta, los habitantes del llamado Tercer Mundo. Y si no lo hace, su presidencia puede caer tan rápido como ha subido. Recordemos que en 1976, Jimmy Carter, con un programa de humanizar al capitalismo estadounidense, le ganó a Gerald Ford llevándose el 50,1% de los votos. Cuatro años después, bajo el calor de una abierta campaña racista en contra de Irán y de las minorías raciales en Estados Unidos, Carter perdió frente a Ronald Reagan. Este último obtuvo el 50,7% de los votos y Carter el 41%. La euforia en torno al triunfo de Obama hace olvidar que el 4 de noviembre de este año, 58 millones de estadounidenses votaron por John McCain, bajo un programa que prometía más imperialismo, más guerras y más desigualdad social. Esa gente no se va a quedar quieta y, de hecho, ya andan reorganizándose.

De todos modos, la prueba más contundente de la sobrevivencia del racismo en Estados Unidos es la ola de incidentes de violencia racial que han acaecido desde el 4 de noviembre de 2008, incluyendo las amenazas en contra del presidente electo, la quema de iglesias e incluso varios asesinatos por odio racial. Los socialistas debemos ser los primeros en condenar este tipo de acciones, que son comunes en ese país siempre que las minorías logran alguna reivindicación. Únicamente los anexionistas del patio, en su visión alienada del mundo, permanecen ajenos a lo que pasa en el interior de Estados Unidos.

Para muchos boricuas que, como yo, nacieron y viven en Estados Unidos el tema de la independencia de Puerto Rico está indisolublemente ligado a la cuestión racial. No se trata, como decía Martí, de favorecer un punto de vista que, por antipatía de aldea, le atribuya una maldad ingénita y fatal al pueblo rubio del continente. De lo que se trata es, por el contrario, de ser objetivo, es decir, de juzgar ecuánimemente el abanico de contradicciones ideológicas, culturales y morales que siempre ha hecho de Estados Unidos bajo el mando del racismo y del culto extremo al dinero un enemigo del bienestar no sólo de sus propios habitantes pobres sino, en particular, de las minorías y pueblos oprimidos. La fealdad moral de ese país imperialista, sentenció el apóstol cubano José Martí, tiene raíces económicas y culturales muy profundas [Ver: Martí, José. El Centenario Americano. La Nación, 22 de junio de 1889]. Por eso, la llegada de Obama a la presidencia, si bien es materia de cierta satisfacción, también es fuente de una determinación redoblada para luchar por la independencia de Puerto Rico. Nuestro pensamiento independentista revolucionario tiene que mantener su independencia ideológica frente a los cantos de sirena de la burguesía liberal estadounidense y de algunos sectores de la izquierda internacional que se han intoxicado con el triunfo de Obama. La prisa de un tonto, decía Lenin, no es velocidad.

* El autor es miembro de las juntas directivas de Claridad y de la Fundación Rosenberg para Niños. Comentarios a rguayama@comcast.net

Cortesía de: Mechi y Gaby malenaab@infomed.sld.cu
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Revista Koeyú Latinoamericano
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CONTRATAPA

Promesas, promesas

Por Juan Gelman
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-116246-2008-12-07.html


El presidente electo Barack Obama prometió varias cosas antes de serlo. Por ejemplo, terminar la guerra con Irak, que en 2002, en la Plaza Federal de Chicago, calificó de “estúpida”, “imprudente” y “basada en la pasión, no en la razón”. Fue un eje principal de su campaña y, sin duda, le ganó millones de votos. La promesa se está diluyendo: esta semana declaró: “Dije que retiraría de Irak nuestras tropas de combate en 16 meses, en el entendimiento de que podría ser necesario –probablemente necesario– mantener una fuerza residual a fin de proporcionar entrenamiento y apoyo logístico para proteger a nuestros civiles en Irak” (The New York Times, 4-12-08). “El residuo”, al parecer, no será pequeño: el ex secretario de Marina Richard Danzig –uno de los asesores de Obama en materia de seguridad– había ya declarado que sería de 30 mil a 55 mil efectivos. Algunos dicen que la cifra podría llegar a 70 mil, casi la mitad del número actual. Hay residuos así.

Pocos creen que la retirada se llevará a cabo en el lapso prometido y que el último soldado norteamericano dejará suelo iraquí el 31 de diciembre del 2011, según lo pactado con el gobierno de Bagdad. Unos 20 halcones demócratas –la mayoría de la vieja guardia clintoniana de los años ’90– dominan el equipo de seguridad y política internacional de Obama y no falta un legado significativo de W. Bush: el reconfirmado jefe del Pentágono Robert Gates, un insistente partidario de ganar la guerra en Irak como objetivo mínimo. Ahora está “menos preocupado” –dijo– por las promesas de campaña del presidente electo, dado que éste comentó que la retirada de Irak se haría de manera “responsable” y que dependerá de la opinión de los jefes militares (rawstory.com, 2-11-08). En esas condiciones, tal vez no haya sido un trabajo pesado tranquilizar a un belicista de la talla de Gates.

El senador Lindsey Graham, el almirante Nike Mullen, jefe de Estado Mayor Conjunto, y otros “halcones-gallina” republicanos elogiaron estos nombramientos de Obama (www.timesonline.co.uk, 1-12-08). No es para menos: tienen un firme bastión en Hillary Clinton, la nueva secretaria de Estado, acérrima partidaria de la invasión a Irak y Afganistán y de atacar a Irán con bombas nucleares. Se recuerda su propia confesión: “Llamé por teléfono (a su esposo presidente) y lo urgí a bombardear (Yugoslavia)” en el marco de la OTAN; los bombardeos duraron 74 días y a nadie perdonaron. Cabe señalar que la era de Bill no fue precisamente pacifista: a poco de instalarse en la Casa Blanca bombardeó Irak en 1993; logró que la ONU le impusiera a Saddam Hussein un embargo que costó la vida de medio millón de niños iraquíes; atacó a Sudán y Afganistán; desestabilizó a Haití; militarizó la ambigua lucha contra los narcotraficantes que se ha convertido en contrainsurgencia y que no ahorra vidas de civiles inocentes en América latina; apoyó la privatización de las operaciones militares norteamericanas otorgando enjundiosos contratos a la industria armamentista; autorizó la venta de armas a países como Indonesia y Turquía, utilizadas en el genocidio de kurdos y habitantes de Timor Oriental. Un record que el olvido suele abrigar.

Obama nombró jefe del staff de la Casa Blanca a Rahm Emanuel, admirador de las ejecuciones extrajudiciales israelíes, impulsor del servicio paramilitar obligatorio para todos los estadounidenses de 18 a 25 años de edad, del aumento de los efectivos de las fuerzas armadas y de la creación de un sistema de espionaje semejante al MI5 británico. Está en buena compañía: el general (R) James L. Jones, ex comandante del cuerpo de marines y amigo personal del derrotado candidato republicano John McCain, será el asesor jefe de seguridad nacional y es difícil suponer que el hecho de pertenecer al directorio de Boeing no influirá en sus decisiones. Susan Rice, la próxima embajadora de EE.UU. ante la ONU, apoya una intervención militar en Sudán por la crisis de Darfur, de preferencia con la participación de la OTAN. Etc., etc.

Barack mismo ha anunciado objetivos de guerra que poco cambian las políticas de Clinton y de ambos Bush: el incremento de la guerra en Afganistán; el eventual mantenimiento por largo rato de un número ingente de efectivos en Irak; la intervención unilateral en Pakistán; el empleo de ejércitos privados en las zonas donde combate EE.UU.; entre otras cosas. Su vice Jose Biden no es un demócrata cualquiera: como presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, sostuvo las mentiras de W. desestimando en el 2002 los testimonios de expertos que señalaban que Irak no tenía armas de destrucción masiva ni constituía una amenaza para la región “y mucho menos para EE.UU.” (www.alternet.org, 20-11-08). Rara vez un cambio se ha parecido tanto a una continuidad.

sábado, 29 de noviembre de 2008

DÍA DE ACCIÓN DE GRACIAS Y DÍA DE LUTO NACIONAL EN LOS EU

Ataque de los colonos a los pequot de Fort Mystic (Librería del Congreso de los EEUU).



El Día de Acción de Gracias 36 millones de estadunidenses padecen hambreDavid Brooks (Corresponsal)

Nueva York, 27 de noviembre. “¿Quieres ver a la familia anglosajona blanca protestante en su hábitat tradicional?”, fue la invitación a una cena tradicional de Thanksgiving Day o Día de Acción de Gracias que se celebra como día festivo nacional cada año el último jueves de noviembre, cuando supuestamente se reúnen familias y amistades y ofrecen gracias por todo.


Día Nacional de Luto

De cierta manera, esta tradición también marca algo así como la “Última cena” de los indígenas. Es un hecho que en 1637 el gobernador de Massachussets John Winthrop proclamaba gracias por la masacre de cientos de hombres, mujeres y niños del pueblo indígena Pequot, en lo que sería el inicio de un genocidio que acabaría con más de 95 por ciento de los indígenas de Estados Unidos durante las siguientes décadas, recuerda Robert Jensen, profesor de periodismo de la Universidad de Texas en un ensayo publicado por Alternet.
“Puesto de manera simple: el Día de Acción de Gracias es el día en donde la cultura blanca dominante (y tristemente la mayoría de la población no blanca, pero no indígena) celebra el inicio de un genocidio que fue, de hecho, bendecido por los hombres que elogiamos como nuestros heroicos padres fundadores”, escribió Jensen.

Es por esto que en cada Día de Acción de Gracias, algunos indígenas y sus aliados han celebrado, desde 1970, un Día Nacional de Luto.

Las familias por todo el país, incluyendo las anglosajonas protestantes blancas, darán gracias al festejar este día. Otros, especialmente los millones que acaban de perder su empleo y los que padecen hambre en el país más rico del mundo, podrán soñar que algún día serán indultados y enviados por el resto de sus días al “lugar más feliz del mundo”.

http://www.jornada.unam.mx/2008/11/28/index.php?section=mundo&article=033n1mun

Los PEQUOT

SEAN PENN.CONVERSACIONES CON CHAVEZ Y CASTRO





Conversaciones con Chávez y Castro


Sean Penn
The Nation

Traducido por Germán Leyens y Manuel Talens

Joe Biden, quien pronto iba a ser el vicepresidente electo de mi país, alentaba a las tropas: “No podemos seguir dependiendo de Arabia Saudí o de un dictador venezolano para la energía”. Bueno, yo sé muy bien lo que es Arabia Saudí. Pero como en 2006 estuve en Venezuela visitando ranchitos, mezclándome con la acaudalada oposición y pasando días y horas entre los seguidores del presidente, me pregunté –sin preguntármelo– a quién se estaría refiriendo el senador Biden.
Hugo Chávez Frías es el presidente democráticamente elegido de Venezuela, y cuando digo democráticamente quiero decir que se ha presentado una y otra vez ante los votantes en elecciones avaladas por observadores internacionales y ha logrado grandes mayorías en un sistema que, a pesar de sus defectos e irregularidades, ha dado a sus oponentes la oportunidad de que lo derroten y ocupen su cargo, tanto en un referéndum nacional el año pasado como en las recientes elecciones regionales de noviembre.
En cambio las palabras de Biden representaban la clase de retórica que nos metió hace muy poco en una costosa guerra en la que se pierden vidas y dinero, en una guerra que si bien derrocó a un pendejo en Iraq, también ha derrocado los principios más dinámicos sobre los cuales se fundó Estados Unidos, ha reforzado el reclutamiento de Al Qaeda y ha conducido a la deconstrucció n de las fuerzas armadas estadounidenses.
A estas alturas, el pasado mes de octubre de 2008 ya había digerido mis anteriores visitas a Venezuela y Cuba y el tiempo que pasé con Chávez y Fidel Castro. Soy cada vez más intolerante con la propaganda. Incluso si el propio Chávez tiene tendencia a la retórica, nunca ha sido el causante de una guerra. Así que decidí hacerle otra visita con la esperanza de desmitificar a ese “dictador”. Para entonces ya había llegado a comentar con mis amigos en privado: “Es verdad, puede que Chávez no sea un hombre bueno, pero también es posible que sea un gran hombre”.
Entre las personas a quienes dije esto se encontraban el historiador Douglas Brinkley y Christopher Hitchens, el columnista de Vanity Fair. Los dos eran complementos perfectos. Brinkley es un pensador muy estable, cuyo código ético de historiador garantiza su adhesión a pruebas insuperablemente razonadas. Hitchens, un astuto artesano de la palabra siempre demasiado imprevisible en sus preferencias, es un valor seguro desde cualquier punto de vista, que una vez en una tertulia televisiva calificó a Chávez de “payaso rico en petróleo”. Aunque Hitchens es igual de íntegro que brillante, puede ser combativo hasta la intimidación, como lo demostró una vez con sus duros comentarios sobre Cindy Sheehan, la santa activista contra la guerra. Brinkley e Hitchens equilibrarían cualquier sesgo que percibieran en mi escritura, además de ser un par de tipos con quienes me lo paso muy bien y a quienes quiero mucho.
De modo que llamé a Fernando Sulichin, un viejo amigo y productor de cine independiente de Argentina con buenas conexiones y le pedí que los hiciera investigar y obtuviese el visto bueno para entrevistar a Chávez. Además, queríamos volar desde Venezuela a La Habana, así que le pedí a Fernando que solicitara entrevistas por cuenta nuestra con los hermanos Castro, la más urgente con Raúl, quien en febrero había tomado las riendas del poder de manos de un Fidel enfermo y nunca había otorgado una entrevista a un extranjero. Yo había viajado a Cuba en 2005, cuando tuve la fortuna de encontrarme con Fidel, y estaba ansioso por hacerle una entrevista al nuevo presidente. El teléfono sonó a las 2 de la tarde del día siguiente.
–Mi hermano –dijo Fernando–, lo logré.
Nuestro vuelo de Houston a Caracas se retrasó por problemas mecánicos. Era la 1 de la madrugada, y mientras esperábamos, Hitchens daba vueltas impaciente de un lado para otro.
–Los problemas casi nunca vienen solos –dijo.
Debió gustarle cómo sonó, porque volvió a decirlo. Era el pesimista de Dios. Le dije:
–Hitch, va a salir bien. Nos van a conseguir otro avión y llegaremos a tiempo.
Pero el pesimista de Dios es en realidad el pesimista ateo de Dios. Y yo no tardaría en ser testigo de la claridad de su ateísmo. De hecho, hubo otro problema. Bueno, salió bien y mal, como se verá. Despegamos dos horas después.
Cuando aterrizamos en el aeropuerto de Caracas, Fernando estaba allí para recibirnos. Nos condujo a una terminal privada, donde esperamos la llegada del presidente Chávez, quien nos llevó con él de gira electoral a la maravillosa Isla Margarita en plena campaña para las elecciones a gobernador.
Pasamos los dos días siguientes en la constante compañía de Chávez, con muchas horas de reuniones a solas entre los cuatro. En las dependencias privadas del avión presidencial descubrí que cuando Chávez habla de béisbol su dominio del inglés sube de grado. Cuando Douglas le pregunta si habría que abolir la Doctrina Monroe, Chávez –que quiere escoger cuidadosamente sus palabras– regresa al español para explicar los matices de su posición contra dicha doctrina, que ha justificado la intervención estadounidense en Latinoamérica durante casi dos siglos.
–Hay que romper la Doctrina Monroe –dice–. Hemos tenido que aguantarla durante más de 200 años. Siempre vuelve al viejo enfrentamiento de Monroe con Bolívar. Jefferson solía decir que Estados Unidos debería tragarse una tras otra las repúblicas del sur. El país en el que nacisteis se basó en una actitud imperialista.
Los servicios venezolanos de inteligencia le dicen que el Pentágono tiene planes para invadir su país.
–Sé que están pensando en invadir Venezuela –dice. Parece que ve el fin de la Doctrina Monroe como una medida de su destino–. Nadie podrá volver aquí para exportar nuestros recursos naturales.
¿Le preocupa la reacción de Estados Unidos a sus atrevidas declaraciones sobre la Doctrina Monroe? Cita a José Gervasio Artigas, el luchador uruguayo por la libertad:
–Con la verdad no ofendo ni temo.
Hitchens está sentado en silencio, tomando notas durante toda la conversación. Chávez reconoce un brillo escéptico en sus ojos.
–CRÍS-a-fer, hazme una pregunta. Hazme la pregunta más difícil.
Ambos comparten una sonrisa. Hitchens le pregunta:
–¿Cuál es la diferencia entre usted y Fidel?”
Chávez dice:
–Fidel es comunista, yo no. Yo soy socialdemócrata. Fidel es marxista-leninista. Yo no. Fidel es ateo. Yo no. Un día discutimos sobre Dios y Cristo. Le dije a Castro: “Yo soy cristiano. Creo en los Evangelios Sociales de Cristo". Él no. Simplemente no cree. Más de una vez Castro me ha dicho que Venezuela no es Cuba, que no estamos en los años sesenta.
–Ya ve –dice Chávez–. Venezuela tiene que tener un socialismo democrático. Castro ha sido un profesor para mí. Un maestro. No en ideología, sino en estrategia.
Tal vez irónicamente, John F. Kennedy es el presidente de EE.UU. favorito de Chávez.
–Yo era un muchacho –dice-. Kennedy era la fuerza impulsora de la reforma en Estados Unidos.
Sorprendido por la afinidad de Chávez por Kennedy, Hitch se suma a la conversación y menciona el plan económico de Kennedy para Latinoamérica, contrario a Cuba.
–¿Fue algo bueno la Alianza para el Progreso?
–Sí –dice Chávez–. La Alianza para el Progreso fue una propuesta política para mejorar las condiciones. Apuntaba a reducir la diferencia social entre culturas.
La conversación entre los cuatro continuó en autobuses, en mítines y en inauguraciones en toda Isla Margarita. Chávez es incansable. Se dirige a cada nuevo grupo durante horas bajo un sol ardiente. Duerme como máximo cuatro horas por la noche y pasa la primera hora de la mañana leyendo noticias del mundo. Y una vez que está en pie, es incontenible a pesar del calor, de la humedad y de las dos capas de camisetas rojas revolucionarias que lleva puestas.
Tres eran mis motivaciones primordiales para este viaje: incluir las voces de Brinkley e Hitchens, profundizar mi conocimiento de Chávez y de Venezuela y ejercitar mi mano de escritor, así como recabar la ayuda de Chávez para que convenciese a los hermanos Castro de que nos recibieran a los tres en La Habana. Aunque Fernando me había dicho que la tercera parte del puzzle estaba aprobada y confirmada, en algún lugar de nuestros intercambios culturales, lingüísticos y telefónicos había habido un malentendido. Mientras tanto, CBS News estaba esperando un informe de Brinkley, Vanity Fair uno de Hitchens y yo escribía por cuenta de The Nation.
Al cabo de tres días en Venezuela le dimos las gracias al presidente Chávez por el tiempo que nos había dedicado, los cuatro allí parados entre el personal de seguridad y la prensa en el Aeropuerto Santiago Marino de Isla Margarita. Brinkley tenía una última pregunta que hacerle, y yo también.
–Señor presidente –le dijo-, si Barack Obama sale elegido presidente de Estados Unidos, ¿aceptaría usted una invitación para volar a Washington y reunirse con él?
Chávez dijo sin dudarlo:
–Sí.
Cuando me tocó a mí, le dije:
–Señor presidente, para nosotros es importante que nos reciban los Castro. Es imposible contar la historia de Venezuela sin incluir a Cuba y es imposible contar la historia de Cuba sin los Castro.
Chávez nos prometió que llamaría al presidente Raúl Castro en cuanto estuviera en su avión y que se lo pediría en nuestro nombre, pero nos advirtió que era poco probable que Fidel, el hermano mayor, pudiera responder tan rápido, ya que ahora estaba escribiendo y reflexionando mucho, no viendo a mucha gente. Tampoco podía hacer promesa alguna con respecto a Raúl. Chávez subió a su avión y vimos cómo partía.
A la mañana siguiente volamos a La Habana. Lo diré todo: el Ministerio de Energía y Petróleo de Venezuela nos prestó un avión. Si alguien quiere referirse a eso como un soborno, que haga lo que quiera. Pero cuando lea el siguiente informe de un periodista que viaja en el Air Force One o que sube a bordo de un avión de transporte militar de Estados Unidos, que por favor repudie también ese artículo. Apreciamos el lujo de aquel viaje, pero eso no ha influenciado el contenido de nuestros reportajes.

“Son muy pocas las veces que los problemas vienen solos”
Yo estaba arriesgando mucho. El hecho de subir al avión hacia La Habana sin tener garantía alguna de que iba a ver a Raúl Castro me llenaba de ansiedad. Christopher había cancelado a última hora varios compromisos de conferencias importantes para hacer el viaje. No acostumbra a dejar colgada a la gente. De modo que, para él, era lo tomas o lo dejas y se estaba poniendo nervioso. Douglas, profesor de historia en la Universidad Rice, tenía que volver de forma inminente a sus obligaciones académicas. Fernando sentía el peso de que esperásemos de él que fuera nuestro ariete. Y yo, bueno, contaba con la llamada de Chávez a Castro, tanto para obtener la entrevista como para salvar mi culo ante mis compañeros.
Aterrizamos en La Habana cerca del mediodía y en la pista de aterrizaje nos recibieron Omar González Jiménez, presidente del Instituto Cubano del Cine, y Luis Alberto Notario, jefe del ala de coproducción internacional del Instituto. Había estado con ambos durante mi anterior viaje a Cuba. Comenzamos a hablar de cosas personales de camino a la oficina de aduana, hasta que Hitch se adelantó y, sin vergüenza alguna, le exigió a Omar:
–Señor, ¡tenemos que ver al presidente!
–Sí –respondió Omar–. Estamos informados de su solicitud y hemos informado al presidente. Estamos todavía esperando su respuesta.
Durante el resto de ese día y hasta la tarde siguiente torturamos a nuestros anfitriones con un incesante son de tambor: Raúl, Raúl, Raúl. Supuse que si Fidel estaba en condiciones y podía encontrar el tiempo necesario, llamaría. Y si no, yo seguía agradecido por nuestro encuentro anterior y se lo dije en una nota que le envié a través de Omar. De Raúl sólo sabía por lo que había leído y no tenía la menor idea de si nos vería o no.
Los cubanos son gente particularmente calurosa y hospitalaria. Mientras nuestros anfitriones nos llevaban por la ciudad, me di cuenta de que la cantidad de coches estadounidenses de los años cincuenta había disminuido incluso en los pocos años que habían pasado desde mi último viaje, para ser reemplazados por coches rusos más pequeños. Al pasar rápidamente por el Malecón ante a la Sección de Intereses de Estados Unidos, de aspecto agresivo, donde las olas que se rompen contra la orilla salpican a los coches de pasada, noté algo casi indescriptible de la atmósfera en Cuba. Es la presencia palpable de una historia arquitectónica y humana en un pequeño trozo de tierra rodeado de agua. Incluso el visitante siente el espíritu de una cultura que proclama de diversas maneras, “Éste es nuestro sitio especial”.
Serpenteamos a través de La Habana Vieja, y en una exposición revestida de vidrio que hay frente al Museo de la Revolución vimos el Granma, el barco que transportó a los revolucionarios cubanos desde México en 1956. Continuamos hacia el Palacio de Bellas Artes, con su colección de muestras apasionadas y políticas, que es un corte transversal de la profunda reserva de talento de Cuba. Luego visitamos el Instituto Superior de Artes y después fuimos a cenar con el presidente de la Asamblea Nacional, Ricardo Alarcón, y Roberto Fabelo, un pintor al que invitaron al saber que yo había expresado aquella tarde mi aprecio por su obra durante la visita al museo. A medianoche aún no había noticias de Raúl Castro. Después, nos llevaron a la casa del protocolo, donde descansamos hasta el alba.
A mediodía del día siguiente, el reloj sonaba con machaconería en nuestros oídos. Nos quedaban dieciséis horas en La Habana antes de que tuviéramos que ir al aeropuerto para tomar nuestros vuelos de regreso. Estábamos sentados alrededor de una mesa en La Castellana, un lujoso bodegón de La Habana Vieja, con un gran grupo de artistas y músicos que, dirigidos por el reputado pintor cubano Kcho, habían establecido la Brigada Martha Machado, una organización de voluntarios que ayuda a las víctimas de los huracanes Ike y Gustav en la Isla de la Juventud. La brigada tiene pleno apoyo de dinero, aviones y personal del gobierno, algo que habría sido la envidia de nuestros voluntarios en la Costa del Golfo después del huracán Katrina. También se juntó con nosotros para el almuerzo Antonio Castro Soto del Valle, un apuesto joven de carácter modesto, de 39 años, que es hijo de Fidel. Antonio, que estudió Medicina, es el médico del equipo
nacional de béisbol de Cuba. Tuve una breve pero agradable charla con él y volví a repetirle nuestro deseo de ver a Raúl.
El reloj ya no sonaba, aporreaba. Omar me dijo que dentro de muy poco conoceríamos la decisión del presidente. Con los dedos cruzados, Douglas, Hitch, Fernando y yo volvimos a la casa del protocolo para hacer nuestras maletas de antemano. A las 6 de la tarde nos quedaban diez horas. Yo estaba sentado abajo, en la sala de estar, leyendo bajo la brumosa luz del ocaso de la tarde. Hitch y Douglas estaban arriba en sus habitaciones, supongo que durmiendo la siesta para vencer la ansiedad. Y en el sofá, a mi lado, Fernando roncaba.
Entonces apareció Luis ante nuestra puerta de entrada, que estaba abierta. Lo miré por encima de mis gafas mientras me hacía un gesto muy directo. Sin palabras, señalé con el dedo hacia la parte de arriba de las escaleras, donde estaban acostados mis compañeros. Pero Luis meneó la cabeza como si se estuviese disculpando.
–Sólo usted –dijo.
El presidente había tomado su decisión.
Pude escuchar en mis oídos el eco de las dudas de Hitch, “son muy pocas las veces que los problemas vienen solos”. ¿Se refería a mí? Et me, Bruto? En cualquier caso, me eché la mano al bolsillo trasero para asegurarme de que tenía mi libreta de notas venezolanas, busqué mi pluma, agarré mis gafas y salí con Luis. Justo antes de cerrar la portezuela del coche que nos estaba esperando, escuché la voz de Fernando que me llamaba:
–¡Sean!
El coche arrancó.

Voy a ver al mago

En Estados Unidos el presidente cubano Raúl Castro, antiguo ministro de Defensa de la isla, está considerado como un “frío militarista” y un “títere” de Fidel. Pero el joven revolucionario con coleta de la Sierra Maestra está demostrando que las serpientes se equivocan. Por cierto, el “raulismo” está creciendo junto con un reciente auge económico industrial y agrícola. El legado de Fidel, como el de Chávez, dependerá de la sostenibilidad de una revolución flexible, que pueda sobrevivir a la partida de su líder por muerte o renuncia. Fidel ha sido subestimado una vez más por el Norte. Al elegir a su hermano Raúl ha puesto las decisiones políticas diarias de su país en una manos formidables. En un informe del Consejo de Asuntos Hemisféricos, el portavoz del Departamento de Estado, John Casey, reconoció que el raulismo podría llevar a una “mayor apertura y libertad para el pueblo cubano”.
Muy pronto me veo sentado a una pequeña mesa lustrada en un despacho del gobierno, con el presidente Castro y un traductor.
–Fidel me llamó hace un momento -me dice–. Quiere que lo llame después de que hayamos hablado.
Hay un humor en la voz de Raúl que recuerda una vida de afectuosa tolerancia por el ojo vigilante de su gran hermano.
–Quiere saber todo sobre lo que hablamos –dice con risita de sabio–. Nunca me gustó la idea de conceder entrevistas –añade–. Uno dice muchas cosas, pero cuando se publican aparecen recortadas, condensadas. Las ideas pierden su significado. Me han dicho que sus películas son largas. Quién sabe si su periodismo será largo también.
Le prometo que escribiré lo más rápido posible y que imprimiré todo lo que escriba. Me dice que ha prometido informalmente a otros su primera entrevista como presidente y, como no quiere multiplicar lo que podría ser interpretado como un insulto, me ha escogido a mí solo, sin mis compañeros.
Castro y yo compartimos sendas tazas de té.
–Hoy hace cuarenta y seis años, exactamente a esta hora, movilizamos las tropas. Almeida en el Oeste, Fidel en La Habana, yo en Oriente. A mediodía habían anunciado que en Washington el presidente Kennedy iba a pronunciar un discurso. Fue durante la crisis de los misiles. Preveíamos que el discurso sería una declaración de guerra. Después de su humillación en la Bahía de Cochinos, la presión de los misiles [que según afirma Castro eran estrictamente defensivos] representaría una gran derrota para Kennedy. Kennedy no toleraría esa derrota. Hoy estudiamos con mucho cuidado a los candidatos en Estados Unidos, estamos centrados en McCain y Obama. Miramos con lupa todos sus viejos discursos. En particular los pronunciados en Florida, donde oponerse a Cuba se ha convertido en un negocio rentable para muchos. En Cuba tenemos sólo un partido, pero en Estados Unidos hay muy poca diferencia. Ambos partidos son una expresión de la clase gobernante.

Dice que los miembros actuales del lobby cubano de Miami son descendientes de la riqueza de la era de Batista o terratenientes internacionales “que sólo pagaron centavos por su tierra” mientras Cuba vivía bajo el dominio absoluto de Estados Unidos durante sesenta años.
–La reforma agraria de 1959 fue el Rubicón de nuestra Revolución. Una sentencia de muerte para nuestras relaciones con Estados Unidos.
Castro parece estudiarme mientras toma otro sorbo de té.
–En aquel momento no se discutía de socialismo ni de ningún trato de Cuba con Rusia. Pero la suerte estaba echada.
Después de que el gobierno de Eisenhower atentó contra dos barcos con un cargamento de armas que iban a Cuba, Fidel extendió su mano a antiguos aliados. Dice Raúl:
–Se las pedimos a Italia. ¡No! Se las pedimos a Checoslovaquia. ¡No! Nadie nos daba armas para defendernos, porque Eisenhower los había presionado. Así que cuando Rusia nos las dio no tuvimos tiempo para aprender a utilizarlas antes de que Estados Unidos nos atacase en la Bahía de Cochinos.
Se ríe y se dirige a un servicio adyacente, desapareciendo un momento tras una pared, tras lo cual vuelve de inmediato a la sala, y bromea:
–A los 77 años es culpa del té.
Bromas aparte, Castro se mueve con la agilidad de un hombre joven. Hace ejercicio a diario, sus ojos brillan al mirar y su voz es potente. Reanuda la conversación donde la dejó.
–Sabes, Sean, hay una famosa fotografía de Fidel de cuando la invasión de Bahía de Cochinos. Él está parado frente a un tanque ruso. Todavía no sabíamos ni siquiera como dar marcha atrás con aquellos tanques –se ríe–. ¡La retirada no está entre nuestras opciones!
Raúl Castro se muestra cálido, abierto, lleno de energía e hace alarde de una aguda inteligencia.
Retomo el asunto de las elecciones estadounidenses y le repito la pregunta que Brinkley le hizo a Chávez:
–¿Aceptaría Castro una invitación a Washington para reunirse con el presidente Obama, suponiendo que gane, sólo pocas semanas después?
Raúl Castro reflexiona:
–Es una pregunta interesante –dice, y se sume en un largo, incómodo silencio, hasta que termina por añadir–: Estados Unidos tiene el proceso electoral más complicado del mundo. Hay ladrones electorales con mucha experiencia en el lobby cubano-americano de Florida…
Lo interrumpo:
–Creo que ese lobby se está deshaciendo -y entonces, con la seguridad de un optimista a toda prueba, continúo–: Obama va a ser nuestro próximo presidente.
Castro sonríe, al parecer a causa de mi candidez, pero su sonrisa desaparece mientras dice:
–Si no lo matan antes del 4 de noviembre será su próximo presidente.
Le señalo que todavía no ha respondido a mi pregunta sobre el encuentro en Washington.
–Sabes –dice–, he leído las declaraciones que ha hecho Obama sobre que mantendrá el bloqueo.
Hago un breve comentario:
–Utilizó la palabra embargo.
–Sí –dice Castro–, el bloqueo es un acto de guerra, así que los estadounidenses prefieren hablar de embargo, una palabra que se utiliza en documentos legales… Pero, en cualquier caso, sabemos que se trata de lenguaje preelectoral y que también ha dicho que está dispuesto a discutir con cualquiera.
Raúl interrumpe su propio discurso:
–Probablemente estés pensando, vaya, el hermano habla tanto como Fidel –nos reímos los dos–. No suele ser así, pero ya sabes, Fidel… una vez había una delegación aquí, en esta sala, de China. Varios diplomáticos y un joven traductor. Creo que era la primera vez que el traductor estaba con un jefe de Estado. Habían tenido un vuelo muy largo y estaban bajo los efectos del desfase horario. Fidel, por supuesto, lo sabía, pero siguió hablando durante horas. Pronto, a uno que estaba al final de la mesa, justo ahí [señala una silla cercana] se le empezaron a cerrar los ojos. Luego a otro, y a otro. Pero Fidel seguía hablando. No pasó mucho tiempo hasta que todos, incluido el de más rango, al que Fidel le había estado dirigiendo directamente la palabra, estaban roncando. Así que Fidel volvió los ojos hacia el que estaba despierto, el joven traductor, y siguió conversando con él hasta el amanecer.
A aquellas alturas de la historia, tanto Raúl como yo nos desternillábamos de risa. Yo sólo me había reunido una vez con Fidel, cuya mente asombrosa y cuya pasión eran un manantial de palabras. Pero me bastó como muestra. El único que no se reía cuando Raúl Castro retomó el hilo fue nuestro traductor.
–En mi primera declaración después de que Fidel cayera enfermo dije que estamos dispuestos a discutir sobre nuestras relaciones con Estados Unidos de igual a igual. Más tarde, en 2006, lo dije de nuevo en un discurso en la Plaza de la Revolución. Los medios estadounidenses se burlaron diciendo que yo estaba aplicando cosmética a la dictadura.
Le ofrezco otra oportunidad de hablar al pueblo estadounidense. Responde:
–Los estadounidenses son nuestros vecinos más inmediatos. Deberíamos respetarnos. Nosotros no hemos tenido nunca nada contra el pueblo estadounidense. Unas buenas relaciones serían mutuamente ventajosas. Quizá no podamos resolver todos nuestros problemas, pero podremos resolver muchos de ellos.
Hace una pausa y medita lentamente un pensamiento.
–Voy a decirte algo que no he dicho nunca antes en público. En algún momento alguien del Departamento de Estado lo filtró, pero lo silenciaron de inmediato por miedo al electorado de Florida, aunque ahora, cuando se lo diga, el Pentágono pensará que soy indiscreto.
Contengo la respiración mientras espero sus palabras.
–Desde 1994 hemos estado en contacto permanente con los militares estadounidenses, por acuerdo mutuo secreto –me dice Castro–. Se basó en la premisa de que discutiríamos asuntos únicamente relacionados con Guantánamo. El 17 de febrero de 1993, tras una petición de Estados Unidos de que discutiésemos asuntos relacionados con localizadores de boyas para la navegación de barcos en la bahía, fue el primer contacto en la historia de la Revolución. Entre el 4 de marzo y el 1 de julio tuvo lugar la crisis de los balseros. Se estableció una línea directa entre nuestros dos ejércitos y el 9 de mayo de 1995 nos pusimos de acuerdo para celebrar reuniones mensuales con altos cargos de ambos gobiernos. Hasta la fecha, ha habido 157 reuniones y todas ellas están grabadas. Las reuniones tienen lugar el tercer viernes de cada mes. Alternamos las localizaciones entre la base estadounidense en Guantánamo y el territorio cubano. Hemos realizado
maniobras conjuntas de respuesta a emergencias. Por ejemplo, prendemos un fuego y los helicópteros estadounidenses traen agua de la bahía, de concertación con helicópteros cubanos. [Antes de esto] la base estadounidense en Guantánamo sólo había creado caos. Habíamos perdido guardias fronterizos y tenemos pruebas gráficas de ello. Estados Unidos había alimentado la emigración ilegal y peligrosa y sus guardacostas interceptaban a los cubanos que trataban de abandonar la isla. Los traerían a Guantánamo e iniciamos una mínima cooperación. Pero nosotros dejaríamos de guardar nuestra costa. Si alguien quería irse, les dijimos, que se fuera. Y así, con los asuntos de navegación empezamos a colaborar. Ahora, en las reuniones de los viernes siempre hay un representante del Departamento de Estado –No da ningún nombre. Continúa–: El Departamento de Estado tiene tendencia a ser menos razonable que él Pentágono. Pero ninguno levanta la voz
porque… yo no participo. Porque yo hablo fuerte. Es el único lugar en el mundo donde esos dos militares se reúnen en paz.
–¿Y qué pasa con Guantánamo? –le pregunto.
–Te diré la verdad –dice Castro–. La base es nuestro rehén. Como presidente digo que Estados Unidos debe irse. Como militar digo que los dejemos quedarse.
En mi interior empiezo a preguntarme si está a punto de revelarme una gran noticia. ¿O será de poca importancia? Nadie debería sorprenderse de que los enemigos se hablen por detrás del escenario. Lo que sí es una sorpresa es que me lo esté contando. Y, con ello, doy un rodeo y regreso al asunto de un encuentro con Obama.
–En el caso de que se celebrase una reunión entre usted y él próximo presidente, ¿cuál sería la primera prioridad de Cuba?
Sin dudarlo, responde:
–Normalizar el comercio.
La indecencia del embargo estadounidense contra Cuba nunca ha sido más evidente que ahora, en la estela de tres huracanes devastadores. Las necesidades del pueblo cubano nunca han sido más desesperadas. El embargo es sencillamente inhumano y totalmente improductivo. Raúl continúa:
–La única razón del embargo es hacernos daño. Nada puede disuadir a la Revolución. Dejemos que los cubanos vengan de visita con sus familias. Dejemos que los estadounidenses vengan a Cuba.
Parece como si estuviera diciendo, dejémoslos venir a ver esta terrible dictadura comunista de la que no cesan de escuchar en la prensa, donde incluso representantes del Departamento de Estado y destacados disidentes reconocen que en unas elecciones libres y abiertas en Cuba, el Partido Comunista que gobierna obtendría hoy el 80% de los votos. Le enumero una lista de varios conservadores estadounidenses que han criticado el embargo, desde el fallecido economista Milton Friedman a Colin Powell, pasando incluso por el senador republicano de Texas Kay Bailey Hutchison, quien dijo, “Hace tiempo que vengo pensando que deberíamos buscar una nueva estrategia para Cuba. Y ésta consiste en establecer más comercio, sobre todo comercio de productos alimentarios, especialmente si podemos ofrecer al pueblo más contacto con el mundo exterior. Y si podemos remontar la economía eso podría servir para que la gente fuera más capaz de luchar contra la
dictadura.”
Ignorando el desaire, Castro replica con descaro:
–Aceptamos el reto.
A estas alturas ya hemos pasado del té al vino tinto y a la cena.
–Déjame decirte algo –dice–. Hemos hecho nuevas prospecciones, según las cuales hay grandes posibilidades de reservas de petróleo en nuestro litoral, que las compañías estadounidenses podrían venir a perforar. Podemos negociar. Estados Unidos está protegido por las mismas leyes comerciales cubanas que protegen a cualquier otro país. Quizá pueda haber reciprocidad. Hay 110.000 km cuadrados de mar en el área dividida. Dios no sería justo si no nos concediese algún petróleo. No creo que nos prive de esa manera.
De hecho, el US Geological Survey calcula que en el área hay reservas de nueve mil millones de barriles de petróleo y 31 billones de pies cúbicos de reservas de gas natural en la cuenca marítima del norte de Cuba. Ahora que han mejorado las inestables relaciones con México de los últimos tiempos, Castro está tratando también de mejorarlas con la Unión Europea.
–Las relaciones con la EU deberían mejorar cuando se vaya Bush –dice confiado.
–¿Y con Estados Unidos? –le pregunto.
–Escucha –dice–, tenemos tanta paciencia como los chinos. El 77% de nuestra población ha nacido después del bloqueo. Soy el ministro de Defensa que más ha durado en toda la historia. Cuarenta y ocho años y medio hasta el pasado octubre. Por eso visto este uniforme y sigo trabajando en mi antiguo despacho. No hemos tocado nada en el despacho de Fidel. En las maniobras militares del Pacto de Varsovia yo era el más joven y el que más tiempo estaba en el cargo. Luego fui el más antiguo y sigo siendo el que más tiempo estuvo. Iraq es un juego de niños en comparación con lo que le pasaría a Estados Unidos si invadiese Cuba. –Tras un sorbo de vino, Castro añade–: Prevenir una guerra equivale a ganarla. Ésa es nuestra doctrina.
Una vez terminada la cena, el presidente y yo salimospor de unas puertas correderas de vidrio a una terraza que parece un invernadero con plantas tropicales y pájaros. Mientras continuamos paladeando el vino, dice:
–Hay una película americana en la que la elite está sentada en torno a una mesa y trata de decidir quién será el próximo presidente. Miran por la ventana y ven al jardinero. ¿Sabes a qué película me refiero?
–Being There – digo.
–¡Eso! –responde Castro con excitación–- Being There. Me gustó mucho. Con Estados Unidos existe cualquier posibilidad objetiva. Los chinos dicen: “En el camino más largo uno empieza con el primer paso”. El presidente de Estados Unidos debería dar ese primer paso, pero sin amenazar nuestra soberanía. Eso no es negociable. Podemos exigir sin decirle al otro lo que tiene que hacer dentro de sus fronteras.
–Señor Presidente –digo–, durante el último debate presidencial en Estados Unidos vimos cómo John McCain alentaba el acuerdo de libre comercio con Colombia, un país conocido por sus escuadrones de la muerte y sus asesinatos de líderes obreros, y esas relaciones continúan mejorando, conforme el gobierno de Bush trata de hacer avanzar ese acuerdo en el Congreso. Como bien sabe, acabo de llegar de Venezuela país al que, al igual que a Cuba, el gobierno de Bush considera una nación enemiga, incluso si les compramos mucho petróleo. Se me ocurre que Colombia puede razonablemente convertirse en nuestro aliado geográficamente estratégico en Sudamérica, de la misma manera que Israel lo es en el Oriente Próximo. ¿Tiene algún comentario que hacer?
Medita cuidadosamente la pregunta y me responde en un tono lento y calculado:
–En estos momentos –dice– tenemos buenas relaciones con Colombia. Pero debo decir que sí hay un país en Sudamérica con un entorno vulnerable a eso… es Colombia.
Teniendo en mente las sospechas de Chávez sobre las intenciones estadounidenses de intervenir en Venezuela, respiro hondo.
Se está haciendo tarde, pero no quería irme sin preguntarle a Castro sobre las alegaciones de violaciones de derechos humanos y el narcotráfico, supuestamente facilitado por el gobierno cubano. Un informe de 2007 de Human Rights Watch señala que Cuba "sigue siendo el único país en Latinoamérica que reprime casi cualquier forma de disidencia política”. Además, hay unos 200 prisioneros políticos en Cuba hoy en día, aproximadamente el 4% de los cuales están condenados por crímenes de disidencia no violenta. Mientras espero los comentarios de Castro, no puedo evitar pensar en la cercana prisión estadounidense de Guantánamo y en los horrendos crímenes que Estados Unidos comete contra los derechos humanos.
–Ningún país está libre de abusos contra los derechos humanos al cien por cien –me dice Castro. Pero insiste–: Los informes de los medios estadounidenses son muy exagerados e hipócritas.
De hecho, incluso destacados disidentes cubanos, como Eloy Gutiérrez Menoyo, reconocen estas manipulaciones y acusan a la Oficina de Intereses de Estados Unidos de obtener testimonios disidentes por medio de pagos en metálico. Irónicamente, en 1992 y 1994 Human Rights Watch también describió desórdenes e intimidaciones por parte de grupos anticastristas en Miami, descritas por el escritor y periodista Reese Erlich como “violaciones normalmente asociadas con dictaduras latinoamericanas” .
Dicho lo cual, soy un estadounidense orgulloso y sé positivamente que si fuese ciudadano de Cuba y tuviese que escribir un artículo como ése sobre los dirigentes cubanos podrían encarcelarme. Más aún, estoy orgulloso de que el sistema establecido por nuestros padres fundadores, aunque hoy en día no sea exactamente el mismo, nunca dependió de sólo un gran líder por época. Estas cosas siguen estando en entredicho con respecto a los héroes románticos de Cuba y Venezuela. Pienso en mencionarlo, y quizá debería hacerlo, pero tengo algo distinto en mente:
–¿Podemos hablar sobre drogas? –le pregunto a Castro. Me responde:
–Estados Unidos es el mayor consumidor de narcóticos en el mundo. Cuba está situada directamente entre Estados Unidos y sus proveedores. Para nosotros es un gran problema… Con la expansión del turismo se ha desarrollado un nuevo mercado y nosotros nos enfrentamos a él. Se dice también que permitimos que los narcotraficantes atraviesen el espacio aéreo cubano. No permitimos algo así. Estoy seguro de que algunos de esos aviones se nos cuelan. Si ya no tenemos un radar de baja altitud en funcionamiento se debe simplemente a las restricciones económicas.
Aunque parezca un cuento chino no es así. Según el coronel Lawrence Wilkerson, un antiguo consejero de Colin Powell, Wilkerton le dijo a Reese Erlich en una entrevista del pasado enero que “los cubanos son nuestros mejores aliados en la guerra contra las drogas y contra el terrorismo en el Caribe. Incluso mejores que México. Los militares consideran que Cuba es un aliado muy cooperativo.”
Quiero hacerle a Castro por última vez la pregunta que no me ha respondido, pues nuestro mutuo lenguaje corporal nos indica que ya pasó la medianoche. Es la 1 de la madrugada, pero él se lanza:
–Bueno –dice–, me preguntaste que si yo aceptaría un encuentro con Obama en Washington. Tendría que pensarlo. Lo discutiría con mis camaradas de la dirigencia. Personalmente creo que no sería justo que yo fuese el primero en visitar, porque siempre son los presidentes latinoamericanos quienes van primero a Estados Unidos. Pero tampoco sería justo esperar que el presidente de Estados Unidos venga a Cuba. Deberíamos encontrarnos en un lugar neutral.
Hace una pausa y deposita su copa de vino vacía.
–Quizá podríamos encontrarnos en Guantánamo. Tenemos que encontrarlnos y empezar a resolver nuestros problemas y, al final del encuentro, podríamos darle un regalo al presidente… podríamos enviarlo de vuelta con la bandera estadounidense que ondea en la Bahía de Guantánamo.
Cuando salimos de su despacho seguidos por el personal, el Presidente Castro me acompaña en el ascensor hasta el vestíbulo y viene conmigo hasta el coche que me espera. Le doy las gracias por la generosidad de su tiempo. Cuando el chófer arranca el motor, el presidente da unos golpecitos en la ventanilla de mi lado. Bajo el cristal mientras que él mira su reloj y se da cuenta de que han pasado siete horas desde que iniciamos la entrevista. Sonriendo, dice:
–Ahora voy a llamar a Fidel. Te lo prometo. Cuando Fidel se entere de que he hablado contigo durante siete horas se asegurará de concederte siete horas y media cuando regreses a Cuba.
Reímos al unísono y nos damos un último apretón de manos.
Ha llovido antes por la noche. En esta oscuridad de las primeras horas, mientras los neumáticos pulverizan agua sobre la húmeda calzada de una apacible mañana habanera, me doy cuenta de que las cuestiones más básicas de la soberanía permiten comprender muy bien las complejidades del antagonismo estadounidense contra Cuba y Venezuela, así como las políticas de ambos países. Nunca han tenido más que dos opciones: o ser imperfectamente nuestros o imperfectamente suyos.

¡Viva Cuba, viva Venezuela, viva USA!
Cuando regresé a la casa de protocolo eran cerca de las dos de la mañana. Mi viejo amigo Fernando, temiendo que llegase borracho, me había esperado. Mis compañeros habían pasado una mala noche. El pobre Fernando había pagado los platos rotos de su frustración. No sabían dónde estaba ni por qué me había ido sin ellos. Y los funcionarios cubanos que habían podido contactar habían insistido en que estuviesen preparados por si acaso alguno de los hermanos Castro les ofrecía espontáneamente una entrevista. De manera que también se habían perdido al menos una noche cubana. Después de ponerme al corriente, Fernando se fue a dormir un par de horas. Yo me quedé revisando mis notas y fui el primero en sentarme a la mesa para el desayuno, a las 4:45. Cuando Douglas e Hitch bajaban por las escaleras, me cubrí la cabeza con el borde del mantel fingiendo vergüenza. Supongo que en aquellas circunstancias era un poco temprano (y no sólo por la
hora) para poner a prueba su humor. La broma no funcionó. Mientras que Fernando volaba hacia a Buenos Aires, nosotros desayunamos tranquilamente y luego volamos de vuelta al hogar, dulce hogar.
Cuando llegué a Houston me di cuenta de que había sobrestimado la insensibilidad de aquellos dos profesionales con experiencia. Cualquier hielo previo se había fundido. Nos dijimos adiós, celebrando aquellos días emocionantes. Ninguno de ellos había sido lo bastante malicioso como para preguntarme por el contenido de mi entrevista, pero cuando se disponía a conectar con el vuelo que lo llevaría hacia el Este, Christopher me dijo al despedirse, “Bueno... supongo que la leeremos”.

¡Sí, se puede!
Estaba sentado en el borde de la cama con mi mujer, mi hijo y mi hija. Se me saltaron las lágrimas mientras Barack Obama hablaba por primera vez como presidente electo de Estados Unidos. Cerré los ojos y empecé a ver una película en mi mente. También podía oír la música, que muy apropiadamente era de las Dixie Chicks cantando una canción de Fleetwood Mac sobre imágenes montadas a cámara lenta. Allí estaban Bush, Hannity, Cheney, McCain, Limbaugh y Robertson. Los vi a todos. Y la canción fue en aumento conforme la imagen de Sarah Palin acaparaba la pantalla. Natalie Maines cantaba dulcemente,

Y vi mi reflejo en las colinas cubiertas de nieve
hasta que la victoria aplastante me derrumbó
Victoria aplastante me derrumbó…

Fuente: http://www.thenatio n.com/doc/ 20081215/ penn/4
Sean Penn es actor y director de cine estadounidense.
Germán Leyens y Manuel Talens son miembros de Rebelión. Talens es asimismo miembro de Cubadebate y Tlaxcala.