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viernes, 5 de noviembre de 2010

Detrás de la Noticia. Juvenicidios: las raíces del odio

Por Ricardo Rocha

04 noviembre 2010

He hablado de las matanzas como consecuencias, pero el mal emerge desde muy dentro. Aun debajo de las maltrechas estructuras en que apenas se sostiene este país.

He dicho hasta la saciedad que las reformas dizque estructurales que se han propuesto e implementado en los años recientes no sólo han sido insuficientes. Además han contribuido —por su propio fracaso— a un agravamiento de una especie de depresión colectiva en donde la sensación cada vez mas compartida es que ya no podemos estar peor y que México no tiene remedio.


Pero también he insistido en que todavía es posible construir un futuro prometedor siempre y cuando nos entreguemos cuanto antes a tres grandes tareas largamente postergadas: una auténtica y profunda Reforma del Estado, una revisión y Reorientación del Modelo Económico y una verdadera Revolución Educativa.

La primera porque urge replantear el pacto federal y entre poderes, así como una remunicipalización que evite asimetrías ofensivas y el riesgo de balcanización social. La segunda porque 20 años de neoliberalismo ya rancio y a ultranza ya no dan para más; no es un asunto de conmiseración —“pobrecitos los pobres”—, sino de mercado; a nadie le conviene que haya cada vez más, porque luego quién compra. Y la tercera, porque sólo haciendo la gran apuesta presupuestaria por una educación total, podemos cambiar el destino como lo han hecho países del sudeste asiático con la milésima parte de nuestros recursos y la dosmilésima parte de nuestro territorio. Singapur y Corea no me dejarán mentir.

En sentido contrario, estamos anclados en un pasado reciente pero ya viejo y en un presente violento, incierto y siempre al borde de un estallido social generalizado. Hemos hipotecado el futuro con la deuda externa y la aberración del Fobaproa. Y, según los organismos internacionales, somos un país cada vez más pobre, más desigual, más inseguro, más enfrentado y más corrupto.

Aunque desde luego, el mal mayor es el juvenicidio masivo que estamos cometiendo desde hace dos décadas: la OCDE —que por cierto encabeza el mexicano José Ángel Gurría— nos acaba de informar que son 19 millones 200 mil jóvenes entre 15 y 29 años los que deberían estar y nada más no están en ninguna escuela. La UNAM ya desde hace meses reveló que son 8 millones de ninis que ni estudian ni trabajan. En cambio, de los 228 mil presos en todas nuestras cárceles, 155 mil tienen menos de 28 años. Añada los incuantificables miles que han huido del país. Y no se olvide, por favor, que de los 30 mil muertos de la guerra contra el narco, 18 mil son jóvenes.

En pocas palabras, no sólo hemos tirado a la basura el famoso bono demográfico por torpezas de nuestros gobiernos. Peor aún, hemos criminalizado, menospreciado y empujado a nuestros jóvenes a la exclusión, la ignorancia, la violencia, la muerte o la cárcel.


Una generación asesinada por quienes le antecedimos. Un gigantesco juvenicidio que nadie, con un mínimo amor por este país, podría perdonarse.

Es la última llamada

jueves, 30 de abril de 2009

México enfermo

Ricardo Rocha
Detrás de la Noticia
28 de abril de 2009
Universal

Y no se trata únicamente de esta influenza porcina y porfiada que se ha hecho sicosis y que revela el tamaño de nuestros miedos. Las enfermedades de la nación son crónicas y llevan ya mucho tiempo.

Si lo comparamos con un cuerpo humano, el país tiene un grave problema de huesos, de estructuras que no han podido reforzarse porque siempre andamos en superficialidades. Así, continúan sin acometerse los grandes pendientes: una reforma del Estado que —entre otras cosas— reequilibre los contrapesos entre los tres poderes de la Unión y acabe con aberraciones como la de que el procurador general de justicia sea empleado servil del presidente; el diseño e implementación de un modelo económico propio que redistribuya el ingreso, que atenúe la polarización entre los muchos que tienen poco y los pocos que tienen mucho; y una gran revolución educativa que corresponda a la era global del conocimiento y acorde a nuestros peculiares retos científicos y tecnológicos.


Entre otras cosas, para no pasar vergüenzas como eso de que el señor Carstens ande limosneando 200 milloncitos de dólares para comprar laboratorios que nos permitan identificar al virus mortífero que ahora nos persigue.


Por supuesto que la contingencia es grave, pero lo es más por nuestros órganos ineficientes, por nuestras esclerosis múltiples y por las heridas tan profundas como las de 88 o 2006, que todavía no cierran. Por eso el impacto de la influenza es todavía mayor. De ahí los ojos del desconcierto tras el cubrebocas que ya se ha hecho paisaje urbano en nuestras ciudades semidesiertas.

Más aún con la amenaza de aislarnos globalmente ahora que México fue identificado como el foco viral que alarma igual en Estados Unidos que en China, en Suecia, en Brasil o en Nueva Zelanda. Ya sólo eso nos faltaba, que la Organización Mundial de la Salud nos declare en cuarentena y nos aplique un cerco sanitario para apartarnos, como apestados, del resto del planeta.


Por cierto, es más que legítimo preguntarnos: ¿Por qué México? ¿Es verdad que expertos en inmunología alertaron a tiempo y nadie hizo caso? ¿Acaso no hay responsabilidad oficial alguna?


Por lo pronto, el asesino invisible sigue matando mexicanos en porciones crecientes de territorio. Y no hay quien pueda detenerlo. Una cuarta plaga, después de las crisis financiera, económica y social que todavía estamos padeciendo. Una prueba de fuego para nuestros gobiernos. Una epidemia de efectos devastadores, sobre todo para los más pobres. Y es que este país, desde hace tiempo, está muy enfermo.

lunes, 25 de agosto de 2008

QUE SE VAYAN TODOS!





¡Que se vayan todos!
Ricardo Rocha
Detrás de la Noticia

Supongo que usted se refiere al presidente. No, no, qué va. Los ministros, los gobernadores y los alcaldesEra el grito de los argentinos en 2002 en los tiempos de Menem y Duhalde. Hablé con ellos lo mismo en sus bellas avenidas que en los arrabales de Buenos Aires: ¡Que se vayan todos!Supongo que usted se refiere al presidente. No, no, qué va. ¡Que se vayan todos! Los ministros, los gobernadores y los alcaldes. ¿Y qué de los congresistas? ¡Que se vayan todos! Que se vayan también los magistrados de la Corte y los policías y los jueces. ¡Que se vayan todos! Ese era el reclamo de cientos de miles en toda Argentina. Lo mismo me dijeron intelectuales en un café, que mujeres de todas las condiciones o hasta los pibes de la clase alta que andaban despellejando las paredes de anuncios de cartón para conseguir algún dinero.Allá el estallido social se produjo por la madre de todas las crisis económicas. Acá, aunque la economía tampoco anda nada bien, la motivación principal del hartazgo es otra: la peor crisis de inseguridad, injusticia, impunidad y criminalidad de que los mexicanos tengamos memoria.Es probable que nunca lleguemos al extremo de exigir "¡Que se vayan todos!". Pero también es posible que rebasemos ese límite. Por lo pronto la distancia se acorta y se sintetiza en la ya célebre exigencia de Alejandro Martí: "¡Si no pueden, renuncien!", expresada en una apresurada sesión del Consejo Nacional de Seguridad Pública ante la descomposición del escenario social en la mayor parte del país.Por supuesto que la intención mediática fue la de una imagen de cohesión y fortaleza de 50 notables para combatir —ahora sí— la violencia generalizada. Un evento desprovisto del elemento toral de la credibilidad por la sencilla razón de que varios de sus protagonistas están severamente cuestionados por abusos, tráfico de influencias y hasta sospechas de nexos criminales.Hubo gobernadores ahí presentes en cuyos territorios se ha multiplicado la presencia del narcotráfico. No faltaron funcionarios que han encubierto investigaciones criminales o enriquecimientos inexplicables de sus antecesores. A ver: ¿hay alguna investigación oficial sobre la ostensible riqueza de Marta, Vicente y sus hijastros? ¿Se puede creer en un pacto firmado por el gobierno represor de Ulises Ruiz? ¿Es posible confiar en un compromiso de lucha contra el secuestro avalado por Mario Marín, el secuestrador de Lydia Cacho?Seamos claros: el gran obstáculo para la justicia en México es el abuso sistemático del poder de los tres niveles de gobierno que usan a sus policías como ejércitos particulares y a los ministerios públicos, jueces y magistrados como gestores de sus intereses personales y políticos.En sentido contrario, los hechos y declaraciones oficiales recientes confirman una realidad devastadora: en México hay una justicia para los ricos y los poderosos y otra para los pobres y los jodidos. Los gobiernos todos se movilizan por un secuestro notable y nadie mueve un dedo por el regadero de muertos entre los miserables. En cambio, se aplica la ley de modo inhumano y absolutamente desproporcionado en el caso de Ignacio del Valle, el de Atenco, a quien se le ha sentenciado oficialmente a 112 años de prisión por retener unas horas a funcionarios públicos, pero con la evidente venganza política por haberse opuesto a la construcción de un nuevo aeropuerto.Ni una palabra sobre la miseria, la polarización social o el desempleo. Tampoco sobre los grandes beneficiarios del crimen organizado. Solamente una foto. Pero también una frase.

Visita El Justo Reclamo http://www.eljustoreclamo.blogspot.com/

viernes, 13 de junio de 2008

RICARDO ROCHA.

Detrás de la Noticia
Ricardo Rocha
12 de junio de 2008 Universal.

El juego que todos jugamos
Así se titulaba la obra del gran Alejandro Jodorowsky que en mis tiempos de universitario se representó cientos de veces en cuanta compañía amateur o profesional había entonces. Se trataba de una sucesión, más o menos hilvanada, de escenas inspiradas en los conductistas de moda, en las que se recreaban situaciones sobre los más contrastantes sentimientos humanos: los celos, el deseo, el egoísmo, el aislamiento, la felicidad, el odio, la indiferencia y, en fin, el amor y el desamor. Todo a base de los llamados sicodramas que plasmaban en el escenario las angustias existenciales —que ya se comenzaban a padecer en esos tiempos— con buenas dosis de realismo y un sentido del humor ciertamente ácido.
Hoy se me agolpan todos esos recuerdos a propósito del episodio melodramático de Santiago Creel que, ya que estamos en el teatro, nos remite a Calderón —pero De la Barca— con aquello de que “yo sueño que estoy aquí, de estas prisiones guardado, y soñé que en otro estado más lisonjero me vi”. O a lo otro de que “en el mundo, en conclusión, todos sueñan lo que son, pero ninguno lo entiende”.
Así, en este país, el juego que todos jugamos es el de la democracia. Por supuesto que sólo cuando nos conviene. En sus dos variantes: la representativa y la participativa. A ver, en el centro del debate nacional está ahora la consulta de Marcelo Ebrard sobre la propuesta petrolera de Felipe Calderón. Y mientras transcurren los foros sobre la ya de por sí polémica reforma, crece también la rabiosa discusión sobre la conveniencia de una consulta popular que juzgue la iniciativa presidencial. Todo, antes de su resolución final en el Senado de la República.
Por lo pronto, los panistas y el gobierno federal van perdiendo de todas todas. En términos boxísticos, los panegiristas de la reforma han sido auténticos flanes para los críticos de la iniciativa y para quienes de plano se oponen a ella. Como si se tratara de peleas de dar lástima entre esqueléticos pesos mosca que son apabullados por la pegada contundente de auténticos pesos completos. La pura lista de unos y otros es un adelanto de una ya larga serie de nocauts efectivos.
En lo que hace al debate por la consulta la paliza va por el estilo. Los oficialistas ya perdieron la batalla de la supuesta inconstitucionalidad. Los más prestigiosos especialistas del derecho se han pronunciado claramente: la consulta no sólo es legal, constitucional y legítima, sino lógica y moralmente necesaria para la vida democrática de la nación. Así de claro.
Por eso ahora la descalificación se basa en la simpática tesis de que todos somos idiotas y que nuestro limitado raciocinio no nos da para decidir en un asunto tan complejo, por lo que este ejercicio de democracia participativa debe ser descartado. En cambio, para eso está nuestra democracia representativa. Que decidan nada más nuestros próceres en el Congreso. Al fin que ya podemos estar seguros de que en lo científico hay decenas de Einstein y Madames Curie entre nuestros legisladores. Que en lo moral sobran los émulos de Ghandi y la madre Teresa. Y en lo patriótico, todos se asemejan a Hidalgo, Morelos y la corregidora.
Los oportunistas de la democracia también ofenden nuestra inteligencia con la desmemoria. Como si no estuviesen allí los hechos incontrovertibles tan sólo en los tiempos muy recientes: en agosto del 2000, los diputados panistas pidieron incluir en la Constitución las figuras de referéndum, plebiscito e iniciativa popular; en julio de 2007 el PAN del DF exigió al gobierno perredista que hiciera una consulta ciudadana sobre el trascendente asunto de los parquímetros en Polanco y Anzures; en el mismo mes el actual senador Felipe González propuso un plebiscito para determinar si los sacerdotes podían ocupar cargos de elección popular; al finalizar ese año otro senador en activo, Juan Bueno Torio, impulsó otra vez una iniciativa de reforma constitucional para incluir plebiscito y referéndum porque “la voluntad de los ciudadanos es la autoridad máxima”.
Por eso Santiago Creel estaba condenado al fracaso. Imposible arreglar en semanas una incongruencia de años. Pero el miedo suele ser un consejero despiadado. Decíamos apenas la semana pasada que la batalla por la consulta podía ser sanguinaria. Y ya hay un primer muerto.
ddn_rocha@hotmail.com